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las presiones a la salud

Durante las últimas semanas la dificultad de contactar con los equipos de Atención Primaria por teléfono se ha convertido en una pesadilla tanto para pacientes como para los propios centros de salud.

El colapso telefónico es insoportable. Las opciones son muy pocas: confiar en poder contactar en algún momento a lo largo del día sea como sea, o confiar en poder dejar un aviso para nos devuelvan la llamada.

La estrategia principal de los equipos pasa por priorizar la atención telefónica, que en la inmensa mayoría ha sustituido a las visitas presenciales (no todas), ya que lo que se pretende evitar es una sobresaturación de los propios centros. Dicho de otra manera, aquello que se resuelva por teléfono debería evitar que se convierta en presencial, tanto en los mostradores de Atención al Usuario como en las consultas.

Pero esta ‘modalidad’ cuenta con partidarios y detractores. La cara más positiva es que se eliminan aquellas visitas presenciales innecesarias; la mala, que la demanda se ha disparado hasta cotas insostenibles y que se corre el riesgo de pasar por alto aquello que antes era esencial. La atención a la cronicidad, el seguimiento domiciliario, y la atención a la fragilidad de los pacientes junto con el seguimiento de patologías crónicas básicas (diabetes, HTA, EPOC, etc) se han eliminado.

Para añadir más presión a la tormenta perfecta, el hecho de que la pandemia por el Sars-Cov-2 sea un arma política no ayuda ni a a la población ni al Sistema sanitario, el cual ha evidenciado la decadencia e infrafinanciación de una Atención Primaria que navega a la deriva. Incluso así, el soporte a la Atención Hospitalaria está haciendo que muchos centros no cuenten ni con profesionales ni medios, y que todo vaya saliendo a base de poner parches para intentar contener una situación desbordante.

Porqué se ha optado por no seguir las claves que expertos en salud pública y epidemiología (Joan Carles March, Rafael Bengoa, Vicente Baos, Javier Padilla, César Carballo, Alfredo Corell , Antoni Trilla y muchos otros) llevan señalando desde el principio de esta crisis. Se ha querido polarizar. El divide y vencerás aquí no funciona.

No estábamos preparados, ni hemos aprendido que nos enfrentamos a una incertidumbre en la que los ensayos más prometedores como eran los de AstraZeneca y Johnsos&Johnson han sufrido sendos varapalos.

Es curioso haber llegado a pensar que la vacuna iba a ser cuestión de meses. Basta con citar la del SIDA. Lo que destapa un debate ético y moral más profundo sobre si al ser un problema mayoritario del tercer mundo no merecía más atención. Ahora es distinto porque los países desarrollados también tienen una mortalidad profunda. Y entonces se invierten más medios.

La ciudadanía juega un papel clave. El paciente tiene que acabar entendiendo que los centros de salud son territorio en guerra, que es un riesgo venir como recurso social. Y para ello hace falta inversión y planes de cogobernanza.

Y con este panorama la campaña de vacunación de la gripe estacional hace su aparición en escena para complicar aún más la compleja situación.

Por su parte los negacionistas tampoco ayudan. Los lobbies que los amparan no dan la cara y se mantienen en la sombra, creando confusión y desatando el caos que nos afecta a todos, gracias en mayor medida a la proyección de las redes sociales. Unos condicionantes sociales digitales que han sido instigados por líderes mundiales de repercusión y consecuencias inmediatas que repasaba en este hilo de Twitter el pasado día 4 de octubre.

El inicio del curso y los grupos burbuja, las medidas de los centros educativos, un transporte público y unos centros comerciales masificados, indicadores de medición para tomas medidas de las diferentes comunidades autónomas, la disparidad de criterios y la flagrante falta de unificación de una gestión clara bajo un mando único han sido un caldo de cultivo que sólo ha beneficiado al virus. Y la falta de previsión y la capacidad de maniobra cuando se desató la pandemia en China.

Mientras, en otros países el COVID19 se aborda como un asunto de Estado en todas sus dimensiones, sin medias tintas. Una crisis común, y aquí vamos tarde.

No hemos aprendido. No somos conscientes de la gravedad de la situación a la que nos enfrentamos y las UCI se asoman peligrosamente a una nueva saturación. La sombra de volver a vivir una situación en la que se prioricen los casos en función de las posibilidades de supervivencia cada vez está más cerca. Es una tragedia descomunal.

Todos los expertos apuntan a un invierno duro. A unos meses negros.

Pero estamos viendo como salud y economía son una pareja de baile complicada. Priorizar no es fácil y las consecuencias serán más graves cuanto más tiempo se tarde en reaccionar.